No tenía adorno.
No traía joyas.
Solo un puñado de masa.
Y un nombre escrito en la piel antes del fuego:
Auri.
Lo amasé con ternura,
lo puse a descansar en silencio,
y cuando despertó,
no era solo harina.
Era promesa.
Era risa horneada.
Era un pedazo de cielo comestible.
Nadie nos regaló un pan.
Nadie vino a endulzarnos la vida.
Pero tú viniste con alma,
y yo traje manos.
Y el milagro ocurrió:
el pan nació con nombre,
y ese nombre eras tú.
No hace falta cortar con cuchillo lo que se hizo con el alma.
En mi tierra lo sabemos:
el pan es vida,
y si lleva nombre,
es sagrado.