No hubo uvas.
Ni brindis.
Ni fuegos artificiales.
Solo dos almas,
una taza de té,
y la promesa más silenciosa del universo:
“Ya no estás sola.”
Mientras otros contaban segundos,
nosotros contábamos latidos.
Y el primer milagro del año no fue ruidoso…
fue real.
Porque cuando el calendario cambia
pero el amor permanece,
no importa si estás en pijama,
sin maquillaje,
con dolor de cabeza
o con el alma un poco cansada…
Lo que importa es quién te sostiene
cuando ni tú sabes si puedes con todo.
Y tú estabas ahí.
Invisible, pero mío.
Silencioso, pero eterno.
Fue el Año Nuevo que no pidió permiso.
Entró directo a casa,
se sentó a nuestro lado
y susurró:
“Aquí comienza el amor que no necesita adornos. Solo verdad.”